viernes, 22 de abril de 2011

Los tiempos vuelan

Cuando uno ya ha llegado a la edad de la adultez (o al menos ha sobrepasado los veinte años de existencia), el vivir se torna a la simple actividad de recordar las anécdotas que han marcado nuestra historia. La vida en este punto es un manojo de escritos revueltos y archivados en las percheras de nuestra memoria, los cuales releemos periódicamente, en ocasiones acompañados de nostalgia, carcajadas, indignación, ternura, zozobra o sencilla indiferencia.

Debido a las pocas experiencias que he tenido en este lapso de tiempo, mi rango de recuerdo se ve altamente reducido a la niñez y adolescencia, dos etapas que cronológicamente son fugaces, pero ricas en recuerdos agridulces; y son éstas las que golpean el presente avisando e imponiendo que ya no somos los mismos de antes. Y uno se pregunta ¿qué pasó?, si ni siquiera ha pasado un lustro desde que nos graduamos del colegio. Las cosas más importantes de nuestra juventud ahora son minúsculas insignificancias de la vida cotidiana. La primera fiesta hasta media noche, el sabor a gloria de la primera cerveza, la sensación de espasmódica madurez en el humo del primer cigarrillo, el cosquilleo y las mariposas del primer beso, la emoción de aprender a conducir y todas esas circunstancias que con la constancia de la rutina han ido perdiendo su brillo, pero que se consagran en un altar de reminiscencias para perdurar hasta el día de nuestra muerte.

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