miércoles, 27 de abril de 2011

Nuestro club de la serpiente

Hace un par de días empecé a leer Rayuela del argentino Julio Cortázar, tantas veces mencionado por amigos y desconocidos con muy positivos cumplidos (y con justa razón). Absorbido, como es costumbre en las cosas que me gustan, invesigué, navegué, le saqué el jugo a mi tiempo libre sólo para conocer más sobre el autor y específicamente sobre la novela. Me es bastante gracioso que Cortázar haya declarado su predilección hacia un público adulto al escribir Rayuela, pero que irónicamente su mayor acogida fue -es y seguramente será- por los jóvenes. Y todo tiene sentido al analizar las vivencias de los protagonistas en ese mundo nihilista que ellos llaman el Club de la serpiente. Pero es que todos los jóvenes tenemos un club como aquél.

Solamente Oliveira se daba cuenta de que la Maga se asomaba a cada rato a esas grandes terrazas sin tiempo que todos ellos buscaban dialécticamente.

Julio Cortázar,
Rayuela, 1963

La juventud quiteña de clase media ha tenido esta afinidad por la bohemia y la excentricidad como método de rebeldía contra la cotidianidad. Buscan en la cultura, en la literatura o en la filosofía un refugio que los ampare de la sociedad. Se puede ver claramente que los festivales de cine experimental, muchas obras teatrales o la exposiciones de arte vanguardista, son cobijadas y aplaudidas principalmente por los jóvenes. Se podría justificar el hecho por la necesidad instintiva de autodescubrimiento de una mente que lucha por formarse a contracorriente de la vida; no acostumbrarse a esa fatuidad habitual de un mundo sistemático, en un ámbito más general, con reglas poco flexibles de la civilización.

Mi vida no dista mucho de lo mencionado en el párrafo anterior. Yo, como muchos de mi camada, he tenido mi propio club de la serpiente, con diálogos tal vez no tan exagerados y profesionales, pero con la misma esencia:

-Explicar, explicar- gruñía Etienne. -Ustedes si no nombran las cosas ni siquiera las ven. Y esto se llama perro y esto se llama casa, como decía el de Duino. Perico, hay que mostrar, no explicar. Pinto, ergo soy.

-¿Mostrar qué?- dijo Perico Romero.

-Las únicas justificaciones de que estamos vivos.

-Este animal cree que no hay más sentido que la vista y sus consecuencias- dijo Perico.

-La pintura es otra cosa que un producto visual- dijo Etienne. -Yo pinto con todo el cuerpo, en ese sentido no soy tan diferente de tu Cervantes o tu Tirso de no sé cuánto. Lo que me revienta es la manía de las explicaciones, el Logos entiendo exclusivamente como verbo.

Pero, a pesar de todo, soy feliz en mi club. Siento que me llena el espíritu de vitalidad al saber que no soy uno más del montón; y puedo asegurar que todos tenemos nuestro propio club de la serpiente, a manera diferente, pero satisface las mismas necesidades.

viernes, 22 de abril de 2011

Los tiempos vuelan

Cuando uno ya ha llegado a la edad de la adultez (o al menos ha sobrepasado los veinte años de existencia), el vivir se torna a la simple actividad de recordar las anécdotas que han marcado nuestra historia. La vida en este punto es un manojo de escritos revueltos y archivados en las percheras de nuestra memoria, los cuales releemos periódicamente, en ocasiones acompañados de nostalgia, carcajadas, indignación, ternura, zozobra o sencilla indiferencia.

Debido a las pocas experiencias que he tenido en este lapso de tiempo, mi rango de recuerdo se ve altamente reducido a la niñez y adolescencia, dos etapas que cronológicamente son fugaces, pero ricas en recuerdos agridulces; y son éstas las que golpean el presente avisando e imponiendo que ya no somos los mismos de antes. Y uno se pregunta ¿qué pasó?, si ni siquiera ha pasado un lustro desde que nos graduamos del colegio. Las cosas más importantes de nuestra juventud ahora son minúsculas insignificancias de la vida cotidiana. La primera fiesta hasta media noche, el sabor a gloria de la primera cerveza, la sensación de espasmódica madurez en el humo del primer cigarrillo, el cosquilleo y las mariposas del primer beso, la emoción de aprender a conducir y todas esas circunstancias que con la constancia de la rutina han ido perdiendo su brillo, pero que se consagran en un altar de reminiscencias para perdurar hasta el día de nuestra muerte.